Un buen gobernante…


de acuerdo al Maestro Confucio, debe ser primero una buena persona, porque   “Una buena persona, acoge al pueblo y cultiva a las masas”

Este pensamiento es una enseñanza que puede ser de utilidad para todos los seres que tengan o elijan tener alguna vez una responsabilidad social.  Ser padre, docente, jefe o gobernante es igual, todos debemos cumplir con los mismos principios, obviamente en distinta escala.  La única diferencia radica en que un padre puede educar correcta o incorrectamente a un número determinado de personas, sus hijos, pero si hablamos de un docente o un jefe, esa responsabilidad es mayor.  E infinitamente es más delicado el tema, si se trata de llevar adelante una nación.

En esta frase el Maestro elije, no casualmente, dos palabras fundamentales para lograr un mandato próspero.  Si estas  son llevadas a la práctica, evidentemente estamos frente a un gobernante “bueno”.   El primer término es “acoge”;   no podría haber elegido una palabra que representara mejor la tarea.  Esta es sinónimo de cuidar, proteger, contener.  Quienes son acogidos se sienten unidos a quien los dirige, saben que ese ser está ahí para cuidarlos, para hacer lo correcto en caso de necesidad o en momentos de adversidad.  Tomando un ejemplo actual, es lo que le sucede al pueblo japonés frente a sus representantes.  Ellos saben que quienes los dirigen están pendientes de hacer lo correcto para que nada malo les suceda.  ¿Y no es eso lo que siente un niño o un joven en relación a sus padres? .Cuando eso no sucede en el seno de una familia, es porque algo no anda  bien.

Pero lo maravilloso de este pensamiento es que luego sigue aportando la otra columna que falta para que las cosas funcionen.  Dice “cultiva” a las masas.  Cultivar es educar, porque el amor que uno ofrece en una contención no es suficiente si no va acompañado del aporte de conocimiento.

Y una forma inteligente de proteger es enseñando  a pensar, a discernir lo correcto de lo incorrecto, lo real de lo ilusorio.  De esta forma, esos seres, podrán acompañar al mandatario y colaborar activamente en el bienestar de la nación.

Pero cuidado, para enseñar a alguien a pensar lo primero que debo tener claro y luego transmitirle, es a defender su principio de “libertad”.  No es educarlo para que “piense como yo”, para que siga mis lineamientos, ni adoctrinarlo para que transite mi camino, tampoco es  castigarlo o callarlo cuando opina distinto.  Porque todo eso es propio de un tirano.

Como decía antes son dos columnas, si falta una nada se construye.  Cuidar demasiado a un ser (hijo, empleado, ciudadano) genera personas dependientes, inseguras e inmaduras.  Llenar sus cabezas de conocimiento sin que el amor los  penetre, genera sujetos fríos y calculadores, que jamás bregaran por el bien común.  Y si hay algo presente en toda la enseñanza de Confucio es justamente eso, el bien común.

Nosotros somos  pueblo pero a diferencia del tiempo del maestros (550 antes de Cristo), hoy, por elección, podemos convertirnos en ciudadanos.  Como tales tenemos el derecho de exigir a nuestros representantes que nos cuiden pero también tenemos la obligación de cultivar nuestra inteligencia, de acrecentar nuestras virtudes, de trabajar día a día para ser mejores personas y poder así llegar a ser artífices activos del crecimiento de nuestra hermosa nación.

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