Medicina narrativa


Los niños tienen tanto para contarnos, porque mantienen intacta  la capacidad de cree, de observar las cosas sin poner sellos, como “absurdo”, “ridículo” “equivocado”, “malo”.    Por eso escucharlos es nuestro deber como papás, educadores o simplemente  amigos o vecinos.  Pero para hacerlo primero debemos  abrir nuestros obturados oídos, desatar las vendas que cubren nuestro ojos y así descubrir su hermoso mundo.  ¿Cómo miran? ¿Qué miran?  ¿cómo sienten las cosas que les suceden? ¿Por qué sufren?

Conocer a un niño no es interpretarlo, sino darle la posibilidad de darse a conocer. De esta forma no sólo le permitimos sacar de sí mismo todo lo que lo que siente, piensa, lo que lo inquieta o lo asusta;  sino fundamentalmente trabajamos para que él le de un valor a sus palabras, dándose a la vez  un valor a sí mismo.

Un grupo de pediatras del Hospital Italiano implementa a diario esta tarea con niños que padecen diferentes enfermedades, alentándolos a que cuenten o escriban las cosas que les pasan.

Lo bueno de todo esto es que los chicos no son los únicos beneficiados por esta acción, sino también se enriquecen los profesionales.   Sé que es durísimo estar en contacto con el dolor, más cuando se trata de niños, pero considero que este emprendimiento les permite a esos doctores concienciar la importancia de conectarse con la riqueza que cada niño tiene para dar.    Desde mi humilde espacio mis más sinceras felicitaciones a todos estos hombres y mujeres cuya profesión es la medicina pero cuyo valor fundamental es su “humanidad”.

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