Todo lo que das, vuelve…


Anhelo ServirCada pensamiento, cada palabras, cada acción  que salen de nosotros originados por un impulso, una necesidad, una emoción violenta o un buen deseo  adquieren un derrotero propio y  al igual que la piedra arrojada a un lago, van provocan ondas que modifican “todo”.

¿Será por eso que Pitágoras dijo: “Cállate o di algo mejor que el silencio”?

O José Ingenieros que enseñó: “Los que se quejan de la forma como rebota la pelota, son aquellos que no la saben golpear”

Por su parte el Budismo, a través de su filosofía de vida,  con absoluta practicidad también enseña un camino para ir generando emisiones que puedan beneficiarnos a nosotros y a quienes nos rodean.   Pensar rectamente, hablar con rectitud y accionar de igual modo son 3 consignas básicas para comenzar la tarea.

Una pregunta que podría venir a nuestra mente es  ¿cómo sé si pienso rectamente?  La clave está en aprender a reconocer antes si esa palabra u acción, al ser ejecutadas, no van a perjudicar a  nada ni nadie, ni siquiera a mi mismo.

Un hecho cotidiano puede servirnos de ejemplo: comer un chocolate cuando tengo un ataque de hígado es una clara muestra de mi inmadurez o de una agresión inconsciente hacia mi persona.  Si bien no perjudica al mundo de una manera catastrófica, inevitablemente esa elección va a traerme malestar físico, que influirá en mi estado de ánimo y por último repercutirá en mis relaciones, porque seguramente,  voy a estar bastante irritable.

Si una acción cotidiana, absolutamente inofensiva provoca esa reacción;  imagínense cuando esa decisión acertada o no compromete a nuestro entorno, al  barrio, a la nación o al planeta.  Cuando decimos ser responsables de nuestra vida esto no sólo se limita al cumplimiento de nuestras obligaciones, sino que implica  tomar conciencia que cada paso que damos posee una valor, no importa que veamos o no sus consecuencias.  Ellas existen y van creando o desbastando, según la fuerza o “intención” con que las hayamos emitido, a todo lo que se ponga en contacto.   Y así como el hijo pródigo vuelve a la casa del padre, tarde o temprano, seamos conscientes o no de esto, volverán a nosotros con la misma fuerza e intención con que partieron.

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