El preciado tesoro de la alegría


Quiero comenzar este post con otra enseñanza del Maestro D.K. :

Nature“No trabajen para la alegría, sino hacia ella; no por la recompensa, sino por la necesidad interna de ayudar; no por la gratitud, sino por el impulso que sobreviene al percibir la visión y comprender la parte que les corresponde desempeñar para traer esa visión a la tierra”

La alegría como camino de vida.

Recuerdo una canción que aprendí de niña en la iglesia: “Vienen con alegría Señor, cantando vienen con alegría Señor, los que caminan por la Vida Señor sembrando tu paz y amor” y cómo entonarla me llenaba de gozo.

Ya de grande, gracias a las enseñanzas que recibí en Plenitud, aprendí a diferenciar la felicidad momentánea basada en circunstancias, de la alegría que experimenta aquel que logró hacer algún contacto con su alma.

AlegríaEs interesante ver esto en los niños, ellos en sus primeros tiempos aún poseen un “pedacito del cielo” del que han venido, por eso la alegría forma parte de sus días y sólo la pierden cuando los adultos responsables de cuidarlos y preservarlos los sumergen prematuramente en las vicisitudes de sus complejas vidas.

Una vez perdida esa conexión de pureza nos volvemos seres tristes y desgraciados, empezamos a tomar la vida con excesiva seriedad, no solamente cuando pasa algo grave sino siempre; vivimos esperando que las cosas se modifiquen para por fin estar bien; creemos saber mejor que Dios lo que es bueno para nosotros o vivimos mirando afuera, juzgando y comparándonos con otros.

La alegría en cambio es el estado que experimenta todo ser que se ha encontrado con esa parte divina que lo habita y está dispuesto a trabajar arduamente en desterrar todo pensamiento, conducta o emoción que lo alejen de la serenidad que experimenta cuando está en conexión consigo mismo.

Nos equivocamos cuando creemos que esta depende de las circunstancias que nos tocan vivir, porque es posible sentirla a pesar de la adversidad, justamente ese es el desafío.

La vida constantemente nos presenta conflictos, mares embravecidos que atravesar, vientos huracanados que nos arrojan de un lado a otro sin permitirnos ni un segundo de claridad ni sostén, la alegría es entonces ese faro que nos enseña el camino a casa.

Saber dónde volver, tener dónde volver, esa es la clave.  Y no es a ningún lugar físico, ni a ninguna persona por más importante que sea en nuestra vida, es a la plenitud de reencontrarnos con nosotros mismos después de la batalla. Para luego salir a irradiar ese bienestar a todo a aquel con quien nos pongamos en contacto.

Les dejo una frase para reflexionar:

“Aquel en cuyo corazón Dios se ha manifestado trae paz, alegría y deleite donde quiera que va”

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