Ciegos a lo esencial


Quien realmente está ciego no es aquel que no puede utilizar el sentido de la vista, sino el que se ha dejado ganar por el miedo, el que se ha negado a oír y sentir las cosas más esenciales de la Vida.   No percibirlas es estar a oscuras.

Esa oscuridad a la que elegimos encadenarnos no tiene existencia por sí misma, es producto:

  • de la velocidad en la que nos movemos,
  • las prioridades que establecemos,
  • las intrascendentes urgencias detrás de las que corremos,
  • los temores infundados que nos arrastran cuando dejamos que la inseguridad, falta de autoestima o confianza dominen nuestra mente.

La depresión, la tristeza, el enojo, la envidia, los celos, el egoísmo, son claras manifestaciones del mundo de tinieblas que habitamos.

e4111d56abe3f3b2f8a769a99ccbd15c-1Pregúntense si a lo largo del día han podido escuchar la risa de un niño, el susurro del viento, si sintieron la tibieza del sol, el sonido de la vida al despertar cada mañana o, como dice el Maestro en este fragmento, los latidos de su corazón.  Si la respuesta a todo eso es NO,  cierren sus ojos, silencien los sonidos externos y perciban el mundo que los rodea y su propio mundo interno.  

Deténganse a escuchar sus latidos, pongan la conciencia en la respiración y verán cómo alcanzan la calma en forma instantánea.  Estos son ejercicios sencillos y que no poseen contraindicaciones, fijense que cuando un bebé está mal y lo colocamos en nuestro pecho enseguida se tranquiliza.  

Para “ver” en la oscuridad no necesitamos un reflector, ni que el mundo se detenga, que los acontecimientos se acomoden o que la vida nos sorprenda;  sino simple y llanamente experimentar, aunque sea por un instante,  la maravillosa experiencia de estar conectados con la esencia más pura que habita en nosotros.

Hoy sin saber que yo estaba escribiendo sobre esto, mi instructor de Teosofía me dijo: “El arte de vivir consiste en encontrarse esencialmente”. Así es, creo que hacerlo resignifica al mundo en el que vivimos, a los seres que nos rodean y a nosotros mismos ahuyentando las sombras que impiden que nos maravillemos con todo lo que la Luz (Dios) nos ha dado.

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