¿Por qué esperar?


20121229144444-paso-del-tiempoVamos a comenzar imaginando qué pasaría si hoy fuera nuestro último día para… expresar los sentimientos, para aprender algo trascendente, para enfrentar un temor, para ponernos de pie y no bajar los brazos, para aceptar la propuesta de ser mejor persona, generar un trabajo personal o retomar el que habíamos empezado.

¿Qué haríamos? o ¿qué es lo que comúnmente hacemos?  En la mayoría de los casos… nada;  miramos para otro lado, lo dejamos para después transitando por la vida como si las oportunidades nos estuvieran esperando.

Pero repito, si supiéramos que es como un tren que no va a volver a pasar, ¿actuaríamos igual?  ¿Qué nos detiene para subirnos:  será la fantasía de que siempre esa posibilidad estará a nuestro alcance o que, como no nos animamos a dar el paso, preferimos engañarnos creyendo que aún no es el momento oportuno?

¿Cuántas situaciones pasan delante de nuestros ojos y los cerramos? ¿Cuántas se paran frente a nosotros y las esquivamos?

Uno de los mayores desafíos que debe enfrentar el hombre es el aprender a vivir el “presente”, el instante, sin que los recuerdos pasados (generadores de temores, odios o rencores), ni el imaginario futuro (provocador de dudas, incertidumbres o fantasías) lo detengan.

Concienciar que sólo tiene “este instante” para vivir plenamente, para elegir, estudiar, para jugarse por lo que cree o ama.

¿Cuántas situaciones del ayer estaríamos hoy dispuestos a cambiar?  pero ya esel-pesimismo tarde.  Y si somos conscientes de esto ¿por qué seguimos arrojando al mañana nuestra vida?  No hablo de vivir desenfrenadamente, ni de dejarnos llevar por el instinto o la necesidad que esté de turno, sino de no esperar más argumentando: que el trabajo este mejor, que los niños crezcan, que mi relación se encamine, a volver de las vacaciones… para decidir:trabajar en nosotros mismos,  mejorar nuestro carácter, relacionarme con los otros desde el corazón.

Estas reflexiones me surgieron hace unos años cuando fui a ver al Dalai Lama. Recuerdo que mientras él hablaba entendí que el posponer las cosas esenciales nos sumerge en un mar de sufrimiento, porque en el fondo todos sabemos que en algún momento nuestra existencia llegará al final y eso postergado tendrá su peso.

En la recta final habrá que desprenderse de las cosas objetivas por las que hemos vivido y sufrido tanto (casas, autos, muebles, ropa, seres, trabajo, dinero) para únicamente llevar el bagaje de afectos cosechados en base a nuestras acciones (no palabras) y el nivel de conciencia alcanzado en base a nuestros progresos espirituales.  Nada más y Nada Menos.

¡El tiempo es tan valioso!  Cada segundo de vida está en nuestras manos para ser aprovechado.  De niña me decían “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, jamás imaginé la sabiduría que encerraba este refrán. ¿Quién sabe si estaré mañana? ¿Quién puede asegurarme que la oportunidad que deseché se me presentará nuevamente?  Y esto no es ser fatalista  sino adquirir una madurez que nos permite ver lo real y actuar en consecuencia, para luego no lamentarnos.

 

 

 

 

 

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