¿Qué pienso de la juventud?


Llave viejaEsta es una pregunta que hizo mi instructor para reflexionar individualmente y volcar en un escrito.  La consigna consistía en que no usáramos palabras comunes sino que fueran excelsas porque de esa manera, forzaríamos a la mente a buscarlas y en ese acto nos estaríamos naturalmente elevando.

Planteó la necesidad de salir del la zona de confort en la que nuestros cerebros entran cuando no nos tomamos el trabajo de ampliar el vocabulario, de aprender nuevos términos y nos quedamos con los más chatos y superficiales archi conocidos.

De niños cuando no sabíamos una palabra nos mandaban a buscarla al diccionario, en esa acción realizábamos dos movimientos:  ir en busca del conocimiento que no teníamos y aprender un término nuevo que después usábamos repetidas veces en cuanta oración cuadraba para mostrar que lo sabíamos jajaja.

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Volviendo al tema de la juventud les cuento lo que escribí:

“Creo y creeré en la juventud antes, ahora y siempre porque sé de la naturaleza divina del hombre y de todas sus posibilidades, por más dormidas que se encuentren.

Que cada niño, cada joven es una luz aun pequeña que debemos activar con nuestro ejemplo real, concreto, visible.

Creer en ellos habilita puertas inmensas porque los posiciona en un lugar de valor.  Escucharlos sin olvidar nuestra pasada juventud hace que sus orejas se abran;  emitir palabras desde nuestra humildad, que lo hagan sus corazones.

No menospreciarlos, ni minimizar sus logros nos enaltece.

Aquellos que por una desafortunada experiencia en la vida o por elección se encuentran sin rumbo, los que delinquen o viven prisioneros de sus excesos seguramente jamás experimentaron lo anterior.  Y nosotros, los adultos, somos los únicos responsables de ello.

Sin querer se entra en un círculo peligroso: al no “recibir” afecto los jóvenes caminan a tientas por la vida potencializando esa incapacidad, lo que los lleva en la mayoría de los casos a estar a su vez incapacitados para darlo.  Y así vamos sembrando generaciones de seres que, cargando una pistola o un elegante traje, viven sin vincularse absolutamente con nadie.

Si nosotros, avanzados en edad, aún luchamos con nuestro pequeño ego, con deseos y necesidades cuánto más lo harán ellos que transitan por un vertiginoso tiempo emocional.

Para atravesar ese espacio sin salir lastimado ni lastimarlos las palabras mágicas son “Paciencia“,  fiel compañera del “Amor” expresado a través del límite justo que permita a esos desbordes, propios o ajenos, ser contenidos y adquirir una forma para crecer.

Confiar en ellos y enseñarles a confiar;  tener esperanzas en sus potencialidades y que ellos mismos no las pierdan en el mundo;  amarlos y que aprendan amar, son sólo algunos de los requisitos básicos que todo niño – adolescente necesita para transitar esta vida “no sobreviviendo” sino viviendo plenamente la estadía en ella.  El éxito de esta maravillosa meta, en un principio, depende única y exclusivamente de cada uno de nosotros, los adultos que los educamos”

 

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