Lazos fraternales


Este domingo mientras arreglaba un poco la casa miré una de las películas de Harry Potter.  Sí, ya se que son para niños pero la verdad es que el mundo de la magia y los encantamientos me fascinan.

De una double-harry-potter-voldemort-hp7-1600x12001manera simple, así como en la antigüedad se hablaba a través de parábolas o mitos, vi en dicha serie un conocimiento para reflexionar.

 

Todos sabemos sobre la eterna lucha del bien y del mal, cada uno de nosotros la libra sin darse ni siquiera cuenta a diario.  En el film, de una manera más obvia, el protagonista se encuentra ante ese proceso.

Les cuento: la escena lo muestra caminando por un puente junto a una de sus compañeras de curso y ella, muy sabiamente, le recomienda que no siga alejándose de los seres que lo aman y que lo han acompañado a lo largo de tantos años porque sin darse cuenta se está sumergiendo en un abismo de soledad y enojo muy propicio para que “el mal” se asiente y tome posesión.

El joven con gran “inteligencia emocional” (diríamos nosotros) comprende y aceptas estas palabras volviéndose a integrar al grupo al que lo unen lazos de amor y fraternidad.

Tiempo después, en el momento en que se presenta la prueba y “el mal” intenta poseerlo, son esos recuerdos llenos de vivencias de unidad, amor, alegría y compañerismo, los que impiden que el destructor permanezca dentro de él.

En resumen: Haber cultivado la unión grupal lo libran de sus propias tinieblas.

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Para ser sincera con ustedes les cuento que llore con esta escena porque vinieron a mi mente personas que conocí hace mucho y que por diferentes motivos eligieron cortar con esas vivencias compartidas:  tiempos de estudio, de apoyo ante problemas personales, de disfrute de logros;   y hoy, sumergidos en enojos, odios y resentimientos, están impedidos de recordar lo que alguna vez fue puro y verdadero.

Sentí una profunda tristeza por ellos y a su vez me di cuenta de lo atento que debemos estar todos para no destrozar en un instante las “raíces” que nos ha nutrido desde siempre, porque quizás creamos que podemos sobrevivir sin ellas, y hasta quizás de manera artificial lo hagamos, pero en ese “aparente empezar de cero” a escribir nuestra historia borramos tiempos preciosos y nos alejamos de los seres que nos han visto crecer, que nos conocen desde el principio y aman.

Las raíces tanto de sangre como energéticas una vez rotas dejan de enviar el alimento sagrado que sólo puede aportar el “origen”.  ¿Se sobrevive sin él? Digamos que en un aspecto sí porque el cuerpo no muere pero es el alma la que no encuentra esa energía afín que le daba vida.

Cuando la mente y el corazón son invadidos por “el mal” (llámese, duda, envidia, orgullo, ira, sentimientos de insatisfacción, reclamos egoístas, necesidad de poder o reconocimiento) los que más perdemos somos nosotros.  Porque donde anidan estos estados nada bueno tiene cabida.

 

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