La violencia generalizada


A veces producto del miedo, de la incertidumbre, del dolor, de las expectativas truncas.  Otras naciendo en el primer instante de la vida y dejando un sabor amargo, si no se trabaja en ello, para el resto de la existencia.

Lo humano

De uno u otro modo hoy la violencia nos invade como sociedad, despojándonos de aquello que nos hace humanos: la capacidad de amar por sobre todo y permitir ser amados.

A veces en forma visible, otros solapada nos lleva a que explotemos externa o internamente dejando secuelas en nuestro cuerpo físico, emocional y mental.

La violencia comienza en nuestros pensamientos, cuando en forma constante, Insatisfaccionestamos insatisfechos por todo, deseosos de tener lo que poseen otros, siempre prestos a ver lo que falta y no lo logrado.  Se expresa luego en la palabra cuando esta deja de dar luz para ser portadora de constantes críticas, imposiciones, descalificaciones, amenazas encubiertas, reclamos.

Se observa en la acción que destroza vidas, que le quita a la existencia ajena cualquier valor.  La vemos en la calle en la prepotencia de un piquete, en el maltrato de un empleador a sus empleados o de estos a los usuarios.  En la siembra de miedos que muchos seres quieren despertar para poder dominarnos. 

Y ¿cuál es la fórmula para no caer en ello?

Básicamente reconociendo que somos violentos.  

Descubriendo y aceptando que una parte de nosotros se está dejando llevar por instintos muy primitivos, muy bajos, egoístas;  que cada vez que no nos salimos con la nuestra, ese estado de violencia crece desaforadamente al punto de hacernos perder todo posible dominio sobre nuestro ser.

Sabiendo que esto nos convierte en hombres ciegos y sordos a la realidad pues sin quererlo generamos una paralela que gira sólo alrededor de nuestro ombligo.

Comprendiendo que la violencia nos vuelve mudos a cualquier posibilidad de emitir sonidos conciliadores que iluminen tanta oscuridad.

indiferenciaPero hay otro tipo de violencia más sutil, aparentemente menos agresiva que va carcomiendo los cimientos de nuestro ser, esa que lenta pero diariamente nos predispone a ser indiferentes a todo, que nos sumerge en un mar de soledad y abatimiento porque no nos gusta lo que vivimos. Transformándonos  en seres silenciosamente demandantes, tristemente insatisfechos al extremo de hacer sentir a los otros que nada de lo que nos ofrecen es suficiente.  

Imagínense esto en un padre, en un maestro, en un jefe, en un mandatario.

Llevar a las personas a “sentirse incapaces de hacernos felices” porque permitimos que nuestro lado más egoísta gane la batalla.

La violencia que hoy sufrimos se ve externamente en el desprecio por la gente, en la manipulación de aquellos que poseen un mísero y transitorio poder.

Desprecio

Pero también se percibe internamente en el desánimo que desbasta nuestros corazones y nos arrastra a una vida sin sentido llena de negatividad donde la voluntad y el amor se van alejado para dar lugar a una carga emocional que al igual que un tsunami no deja a nada ni a nadie en pie.

Utilicemos la voluntad, que es la energía del alma, para erradicar de nuestra vida personal y social la violencia.  No seamos responsables de emitir esa vibración que destruye todo cuanto surge a su paso.  Podemos enojarnos, entristecernos, desilusionarnos pero siempre manteniendo la mente abierta y el corazón activo para que esos estados no calen profundo en nuestro ser.  Somos libres, en nosotros está la decisión final y unida a ella las posibles consecuencias.

 

 

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